Otra mañana más. Fría como la anterior. Ya no sabes qué pensar, qué decirte a ti mismo con intención de callar tu propia voz.
¿Dónde quedó mi punto de partida?
Sigo trazando el boceto de mi persona, con el fin de algún día acabar el dibujo de lo que soy o seré. Pues mis recelosos ojos eluden el pasado, no ven el presente y ansían conocer el futuro. Inexistente.
Iluso Carl Sagan si al decir que estamos hechos de polvo de estrellas incluía mi persona.
Desde mi innato yo intento comunicarme con mi origen, pero no obtengo respuesta alguna. Desde mi drama intento narrar el grandioso caos siempre presente en mí.
¿Cómo podemos saber nuestro límite si todavía desconocemos nuestro inicio?
Sigo recorriendo el camino que me lleve a mí misma; dando vueltas en una enorme y sinuosa espiral que me desvele algo más.
Una luz. Un pequeño destello que ilumine, que me deje entrever lo que anhelo y me salve del abismo de no encontrar sentencia.
En lo más profundo de mi ser, lo irracional triunfa, lo racional fracasa, dicha y desdicha se equilibran inesperadamente; así es y así ha sido. Tal vez no sea tan diferente al resto del mundo. Tal vez...
¿Dónde está mi punto de referencia? Si tengo una cosa clara es esta: no en el cielo. Contemplándolo una vez más sigue sin estar ahí, pero al menos me aporta la paz que tantas veces necesito.
Que nadie me comprenda, pues en el fondo pocos son los que podrán.
Algún día dejaré de pensar en la complicidad de las cosas; hasta entonces, seguirá gustandome la sensación que me produce ver unos cuantos lápices de colores dispersados por el escritorio de mi habitación.